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| Antiquísimo miniado procedente de Noruega. |
"Claustrum sine armario ("armarium" era lo mismo que biblioteca o archivo) quasi castrum sine armamentario"
Este adagio antiguo da idea del alto interés que demostró la Iglesia en atesorar el saber en sus monasterios.
Entre las sombras del siglo x se encendió una luz que pronto esparcería sus fulgores por toda la cristiandad. Esa luz era el Monasterio de Cluny, cuya acción bienhechora abarcó no sólo a los monasterios de todo el Occidente, sino a las cortes de los reyes y de los papas, a los palacios de los obispos y a los castillos de los nobles.Con Cluny, el monaquismo occidental cumple, junto a la tarea de la reforma moral del mundo cristiano, una misión social y económica, sobresaliendo siempre por sus obras de caridad y beneficencia para con los rústicos y colonos, por el impulso prestado a la industria, a la repoblación de selvas y desiertos, etc.
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| Sala filosófica de la Biblioteca del Monasterio de Strahov (Praga). |
En lo cultural, aunque no eran sabios, los cluniacenses fueron buenos copistas y descollaron en el arte de la miniatura y en la pintura de las vidrieras, pero su mayor gloria artística reside en la arquitectura románica, con las innumerables y magníficas iglesias que levantaron en todas partes, hasta el punto que el arte románico ha podido llamarse cluniacense. Cluny unió siempre la cultura y la vida espiritual, difundiendo la belleza al mismo tiempo que la bondad. El ideal monástico tuvo dos clases de realizaciones en occidente: una vida solitaria cerca o dentro de las ciudades y otra en el campo, alejada de la ciudad. El monaquisino urbano conoce sus mejores logros en los ámbitos más variados de la cultura en el siglo XI.
Pero a mediados de ese mismo siglo se iniciará la crisis, que al principio de la duodécima centuria dará lugar a un nuevo monaquisino.
Pero a mediados de ese mismo siglo se iniciará la crisis, que al principio de la duodécima centuria dará lugar a un nuevo monaquisino.
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| Biblioteca de la Universidad de Coimbra (Portugal) |
El obispo de Sevilla, Isidoro, encarna a la vez que la imagen de un gran santo, la de un hombre de ciencia extraordinario. Su labor como ilustrador de los visigodos fue notable. Compuso libros de filosofía, historia y religión y aconsejó a los reyes y a los hombres sabios de su época. Su obra: "Las Etimologías o el origen de las cosas" trata de todos los conocimientos divinos y humanos del siglo VII: de la disciplina y del arte, de las siete enseñanzas liberales, de la gramática y de la métrica, de la fábula y de la historia, de la retórica y de la dialéctica, de las ciencias matemáticas y de la música, de la medicina y de las leyes, de las bibliotecas y su régimen, de las lenguas y de los alfabetos, del mundo y de sus partes, de los átomos y elementos, de los fenómenos meteorológicos, de las piedras y los metales, del arte militar y de las máquinas de guerra, de la arquitectura, de la construcción naval, de las artes suntuarias, de los instrumentos domésticos y hasta de los vestidos y manjares.
La obra de San Isidoro, que de acuerdo con el criterio de la época comienza por el estudio de las siete disciplinas liberales, sirvió de base a los estudios de los siglos posteriores: San Bede el Venerable se apoya en ella para establecer el régimen de estudios en la escuela de York, en Inglaterra; en el siglo VIII, Alcuino restaura las escuelas del Imperio franco inspirándose en los métodos isidorianos y con él colaboran en esta obra tres españoles: Teodulfo de Orleans, Claudio de Turín y Prudencio Gaündo. Rábañ Mauro, en el siglo IX, introduce la ciencia de las Etimologías en Alemania; más tarde siguen alimentándose de la tradición isidoriana nuestras escuelas mozárabes y cristianas, y Europa entera la conserva a través de los siglos hasta que con el Renacimiento se abren horizontes más vastos para las ciencias.
La obra de San Isidoro, que de acuerdo con el criterio de la época comienza por el estudio de las siete disciplinas liberales, sirvió de base a los estudios de los siglos posteriores: San Bede el Venerable se apoya en ella para establecer el régimen de estudios en la escuela de York, en Inglaterra; en el siglo VIII, Alcuino restaura las escuelas del Imperio franco inspirándose en los métodos isidorianos y con él colaboran en esta obra tres españoles: Teodulfo de Orleans, Claudio de Turín y Prudencio Gaündo. Rábañ Mauro, en el siglo IX, introduce la ciencia de las Etimologías en Alemania; más tarde siguen alimentándose de la tradición isidoriana nuestras escuelas mozárabes y cristianas, y Europa entera la conserva a través de los siglos hasta que con el Renacimiento se abren horizontes más vastos para las ciencias.



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